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lunes 7 de diciembre de 2009

La Peste Negra y el síncope de la Civilización - (Parte IV) Et Incarnatus Est: “Soy uno de los vuestros”






[REPOSICIÓN y reedición]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 5 de octubre de 2008

Esta es la última y cuarta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí y su segunda aquí, y su tercera aquí.


  1. Sin embargo para que ese paraíso en la tierra dirigido por su Majestad Imperial funcione fluidamente, Marsilio de Padua hace notar la necesidad de que los curas y los papas estén a sueldo y bajo la obediencia del emperador. Si el clero deja de ser sumiso y no se limita a “enseñar el evangelio” para facilitar el trabajo de la policía... Si los curas empiezan a volverse críticos contra el tirano... Entonces la Iglesia se convertiría –según Marsilio de Padua– en una “peste perniciosa y destructiva de la paz”

  2. El Germen Infeccioso del totalitarismo



El “día después” de la Peste Negra: La Messe de Notre Dame

Pero hablando de pestes perniciosas, no podemos omitir recordar que en 1347 falleció, víctima de la Peste Negra, Guillermo de Ockham.

Habiendo sobrevivido a la Peste, probablemente porque estaba más ocupado en hacer música que en atender a los enfermos, Guillermo de Machaut (el músico-clérigo que nos ocupa en esta ocasión) compuso la primera Misa polifónica de la que se tienen actualmente registros, abriendo la puerta a un género que, a mi juicio, ha sacado lo mejor de la música occidental. La Misa se llama “Messe de Notre Dame” y fue escrita para la Misa de consagración del Rey Carlos V de Francia en 1364 (diecisiete años después de la muerte de Ockham).

Guillermo de Machaut canta su profesión de fe con un aire ciertamente nostálgico y triste. ¡Cómo evitar la tristeza después de que durante años la Peste Negra desparramó tanta atrocidad sin explicación aparente y después de tantos muertos!

El fragmento que hoy nos ocupa comienza así (18 segundos de audio):



Hago notar que el rey francés que se estaba coronando con esa bella Misa fue precisamente el que tuvo -en cumplimiento de las teorías cesaropapistas de Ockham y de Marsilio de Padua– bajo su férula al papado, al que se había hecho abandonar Roma y refugiar en el patio trasero de la monarquía francesa, a costa de un escandaloso cisma. Nada como tener al clero sumiso para fortalecer un poder sin límites que abocó en el absolutismo primero y en las tesis ideológicas de la “soberanía revolucionaria” después.

Luego Guillermo de Machaut entra al centro del misterio que comentamos (10 segundos de audio):



Cuando se refiere al Vientre de la Santísima Virgen, el ritmo se vuelve más pausado y solemne (21 segundos de audio):






La Encarnación del χριστoς y su razón última

Se resume el punto diciendo (4 segundos de audio):





Y, a modo de recordatorio de las miserias y sufrimientos humanos, no evade señalar el objeto preciso de la Encarnación: el sufrimiento y la muerte de Dios mismo. Algo así como:

  1. “Puede ser aparentemente inexplicable el sufrimiento y la muerte humana, pero YO la he asumido también... Soy –por libérrima y amorosa decisión– uno de los vuestros...”


¿Por qué se dió la Encarnación? (20 segundos de audio)






Hoy podemos escuchar el fragmento del incarnatus de la Messe de Notre Dame de corrido (1 minuto y 15 segundos de audio):






Pueden oir la versión completa del Credo de la Messe de Notre Dame en nuestro podcast.

FIN

La Peste Negra y el síncope de la Civilización - (Parte III) El germen infeccioso del totalitarismo




[REPOSICIÓN y reedición]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 5 de octubre de 2008

Esta es la última y tercera parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí y su segunda aquí.

Mientras haya tiranos y poderosos en la Tierra, la Iglesia y su jerarquía serán siempre una molestia de la que hay que deshacerse o a la que hay que someter. No hay que ir muy lejos para tenerlo presente: el vil asesinato de los sacerdotes jesuitas acaecido en nuestro país El Salvador hace veinte años y el sacrílego asesinato del Arzobispo de San Salvador en 1980 son eventos barbáricos que hablan por sí mismos.

La barbarie intelectual del anticlericalismo

Pero es que eso siempre ha sido así. Desde los emperadores romanos, Constantino, Constancio, Juliano el apóstata, Carlomagno... Los Emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, Federico II (el Stupor Mundi), etc... Siempre los aguijoneó la tentación de imponerse por las amenazas y la violencia al Pontificado para intentar destruirlo (recordemos cómo el primer papa Pedro fue crucificado) o para convertirlo en un sumiso instrumento de su política mundana.

Los defectos de nosotros los católicos nunca ayudaron a que en tales conflictos, la Iglesia saliera siempre bien parada, sin embargo, mal que bien, esos tiranos –a la larga– terminaban fracasando. Pero esos fracasos, lejos de desanimar al siguiente poderosito de turno, lo envalentonaba más.

Ese fue el caso del rey capeto Felipe IV el Hermoso quien decidió “secuestrar” al papado para trasladarlo a Avignon, a su patio trasero. Para hacerlo envió en 1303 a dos representantes: el cátaro Guillermo de Nogaret (recordemos cómo los cátaros odiaban furiosamente a la Iglesia y a los clérigos) y al matón mafioso italiano Sciarra Colonna. Estos dos “embajadores” fueron tan diplomáticos que después de golpear físicamente al anciano papa Bonifacio VIII con una manopla de hierro, le causaron la muerte. Como fuera, Felipe IV el Hermoso logró por las malas que los papas abandonaran la caótica ciudad de Roma (que estaba en manos de seculares y mafiosas familias aristocráticas seguidas de turbas insolentes) y se instalaran en Avignon de 1305 a 1378.

El Bávaro, un tirano sibarita y práctico

El siguiente tirano fue Luis IV de Wittelsbach, el Bávaro, a quien le tocó el turno de querer domesticar a la brava a los papas. Para ello –por supuesto– dispuso de la fuerza de las armas a partir de 1328, año en el que fue electo Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero así como conocemos a algunos monarcas a los que les gustaba coleccionar rarezas, a Luis de Baviera le dio por coleccionar plumas pagadas para que escribieran loas suyas e invectivas en contra del Soberano Pontifice de ese entonces.

Los plumíferos cortesanos del emperador no eran ningunos sencillos: uno de ellos era el arrogante Guillermo de Ockham quien elaboró parte de sus teorías para (como dirían en mi barrio) besarle el culo a su Majestad Imperial. Pero no era el único genio de la colección: uno de los más destacados fue el renombrado intelectual Marsilio de Padua (renombre que no evitó que al final de su vida fuera desechado como basura por su ingrato protector).

Cuatro años antes de que su patrón Luis el Bávaro fuera coronado emperador en Roma de la mano del matón Sciarra Colonna (el asesino del papa), Marsilio de Padua escribió en 1324, con ayuda de Johannes de Janduno, el tratado de política titulado Defensor pacis. El tratado en cuestión es un perfecto ejemplo de averroísmo político: partiendo de la distinción de los dos fines del hombre (temporal y eterno), Marsilio de Padua distingue dos modos de vida correspondientes a esos fines: la vida temporal, regulada por los príncipes conforme a las enseñanzas de la filosofía, y lavida eterna, a la que los hombres son conducidos por la Iglesia y la Revelación Divina.

El germen infeccioso del totalitarismo

Para Marsilio de Padua la preeminencia la tiene la “vida temporal” y, por consecuencia, la preeminencia corresponde a los príncipes (Luis IV de Baviera, para ser precisos). La “vida eterna” –para Marsilio de Padua– sólo tiene una importancia accesoria en la medida en que domestica a los fieles para obedecer sumisamente a su emperador.

Sin embargo para que ese paraíso en la tierra dirigido por su Majestad Imperial funcione fluidamente, Marsilio de Padua hace notar la necesidad de que los curas y los papas estén a sueldo y bajo la obediencia del emperador. Si el clero deja de ser sumiso y no se limita a “enseñar el evangelio” para facilitar el trabajo de la policía... Si los curas empiezan a volverse críticos contra el tirano... Entonces la Iglesia se convertiría –según Marsilio de Padua– en una “peste perniciosa y destructiva de la paz”.

El refinado intelectual no se ahorra elaborados términos para manifestar lo que opinaba de las motivaciones del Sumo Pontífice. En Defensor Pacis, Marsilio de Padua dice que el Papa está inpirado por:

  1. “drago ille magnus, serpens antiquus, qui digne vocari debet diabolus et sathanas, quoniam omni conamine seducit et seducere temptat universum orbim”

  2. “el gran dragón, por la serpiente antigua, que más bien debe ser llamada diablo y satanás pues con todas sus fuerzas seduce e intenta desvirtuar al orbe entero”


Para Marsilio de Padua, en suma, el Estado debe someter a la Iglesia. Con ayuda del terminismo Ockhamiano aniquila incluso la posibilidad racional de aprehender la Ley Natural, de tal manera que el príncipe (El Estado) se hace autosuficiente y absoluto, preanunciando así el Estado totalitario.

José Pedro Galvão de Sousa, Filósofo del Derecho de nacionalidad Brasileña y miembro de la “Academia Brasileira de Ciências Morais e Políticas” subrayó que Marsilio de Padua...

  1. “...fue quien, por primera vez, enseñó la plenitud absoluta del poder, sin la cual no existiría el totalitarismo (…) Finalmente, por su manera de entender la legalidad con base en el monismo jurídico, y por el fondo inmanentista de su pensamiento, dejó delineada una teoría del Estado totalitario…”

  2. O totalitarismo nas origens da moderna teoria do Estado, São Paulo, 1972, p. 212-213


Hoy por hoy, en la literatura de folletín de cuarta mano, Marsilio de Padua es presentado como un visionario y sabio prócer de la Libertad. ¡Je!. Lo cierto es que la ruptura de la Civilización es, desde este momento, un hecho consumado.

Continuará...

sábado 5 de diciembre de 2009

La Peste Negra y el síncope de la Civilización - (Parte II) Ockham. La Tradición herida de muerte




[REPOSICIÓN y reedición]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 5 de octubre de 2008

Esta es la segunda parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

Como le comenté a Raúl con ocasión de una oportuna reflexión que hizo hace un año en este artículo, Duns Escoto dio inicio a un movimiento de crítica contra la metafísica tomista que acabó en el exilio de la misma de las cátedras universitarias. Guillermo de Ockham fue el que le dio el “tiro de gracia” a la metafísica en general afirmando que los conceptos metafísicos (forma, materia, accidente, ser, relación...) eran puros investismos y que lo único que valía era el individuo concreto (o la cosa concreta, o el chunche, el bolado...) “Sepultando” de manera un tanto abrupta siglos de disquisiciones intelectuales.

El poder destructor de la palabra

Como Ockham decía que los conceptos metafísicos eran sólo “voces”, palabrejas sin contenido real –pero indispensables en el hablar cotidiano– se atrevió a decir algo así: “ya que tenemos que sacarnos de la manga ‘palabritas’ para explicarnos, que estas ‘palabritas’ sean las menos posibles”. Y es que en el fondo, y entre otras cosas, Ockham elaboró una teoría del lenguaje que se fundamenta en última instancia, sobre la función de suppositio personalis que desempeñan los términos o nombres del discurso. Ockham partía –y terminaba– suponiendo que los términos (las palabras) sólo podían significar individuos singulares (tal bolado en concreto, fulanito de tal en su individualidad) y que –en consecuencia– las esencias o las naturalezas (la naturaleza humana, por ejemplo) eran en definitiva incognoscibles. Contradecía con ese barbáico simplismo, la doctrina clásica del lenguaje y conocimiento humanos que establecen que las palabras significan tanto a los conceptos como a las cosas concretas y reales (ver artículos aquí y aquí). Así como la peste segaba vidas humanas, las teorías gnoseológicas de Ockham destruían simultáneamente de raiz a la razón humana.

Para justificar semejante brutal amputación de la racionalidad, Ockam alegremente se escudaba en el principio de economía del pensamiento (utilizado magistralmente por Aristóteles) manipulándolo hasta extremos insensatos. El principio de economía del pensamiento es la prudencia intelectiva que para explicar las cosas evita complicarse innecesariamente. Dicho de una manera más culta: “los entes (o los conceptos) no deben multiplicarse sin necesidad” o en latín: “...pluralitas non est ponenda sine necessitate...”.

Hay que entender algo: Ockam no inventó el principio de economía del pensamiento. Lo que hizo fue hacer un uso abusivo, erróneo y deletéreo del mismo. A esta salvaje aniquilación de los alcances y posibilidades de la razón humana se le dio en llamar a partir del siglo XIX la “Navaja de Ockham”. Luego en el siglo XX, la literatura de folletín y Hollywood se encargaron de persuadirnos de que la “Navaja de Ockham” es el signo distintivo de los “inteligentes cool”... ¡Je!

El artificial divorcio entre la Fe y la Razón

Para Ockham, por lo tanto, no sólo la metafísica (aristotélica, tomista, scotista o de cualquier otro cuño...) no era posible, sino que en consecuencia era imposible el conocimiento de Dios por la razón... El creía en Dios, aparentemente (era fraile si eso es significar algo), así que dio inicio a un resurgimiento del Fideísmo que es el rechazo del uso del intelecto para adherirnos a las verdades de fe de lo que se sigue que hay que aceptarlas sólo porque Dios las propuso aunque SEAN absurdas. Como ya dije en este post, eso no es lo que la Iglesia afirma. Lo que afirma la Iglesia Católica es que la razón SÍ tiene un papel que jugar en el desarrollo y aceptación de los misterios de fe: la fe y la razón sí son compatibles.

En términos generales este fideísmo impulsado por Ockham preparó el camino a muchos pensadores y filósofos (destaca entre ellos Kant) que terminaron (o comenzaron) afirmando de variadas maneras y con intensidades distintas, que la razón y la fe son incompatibles.

Insisto entonces en lo que comentaba en el artículo anterior: la Iglesia Católica Romana afirma y ha afirmado inmutablemente a lo largo de veinte siglos que los misterios no son absurdos, sólo sobrepasan a la razón limitada del ser humano. Claro está: para entender esto plenamente –enseña la Iglesia– hay que tener Fe (y se refiere con ello a una virtud sobrenatural infundida gratuitamente por Dios y que, para tenerla, debe ser libremente aceptada por cada interesado).

Para tener Fe, hay que querer tenerla.

La civilización en manos de las ratas, un fraile vanidoso y una bacteria

En todo caso, decía que Guillermo de Ockham, a pesar de que vivía y se desplazaba en salones y corredores palaciegos, fue uno de los primeros clérigos víctima de la Peste Negra. Otros, demasiados en realidad, le siguieron. Cumpliendo con sus obligaciones de llevar los últimos sacramentos a los moribundos, miles de sacerdotes (probablemente lo mejor de la Iglesia en ese tiempo) se infectaron con la enfermedad y murieron tras una larga y dolorosa agonía. Dos siglos tardaría la Iglesia católica en recuperarse de tal flagelo: demasiado tarde.

No puedo dejar de pensar en cómo tanta tragedia debía hacer temblar la fe de los más devotos: las oraciones parecían no tener efecto, Dios parecía ausente.

La Peste despertó las más bajas pasiones y –a pesar de las indicaciones en contrario de la Iglesia Católica– los judíos fueron en algunos lados culpados de la tragedia y perseguidos. Las supersticiones y las herejías (los flagelantes, los espirituales y algunas formas evolucionadas de los resabios cátaros-gnósticos) florecieron como alternativa popular a la aparente impotencia de los sacerdotes. La economía colapsó, las expediciones marítimas se detuvieron y las ciudades se despoblaron... Todo eso en sólo cinco años. En las décadas siguientes rebrotes de la misma enfermedadas consecuencias nos alcanzan.

Europa ya no fue la misma después de la Peste Negra. La Iglesia Católica, diezmada en sus filas, descuidó la formación de su clero en aras de la urgencia de reponerlo y preparó el camino hacia la ruptura de la cristiandad en ese torbellino de herejías que hoy llamamos la Reforma. Si bien la Civilización Clásica sobreviviría aún cuatro siglos más, podemos sin duda identificar la conjunción de Ockham y de la Peste Negra como el punto de inflexión a partir del cual aquella estuvo herida de muerte

Continuará...

domingo 29 de noviembre de 2009

La Peste Negra y el síncope de la Civilización - (Parte I) El nacimiento de la polifonía




[REPOSICIÓN y reedición]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 5 de octubre de 2008

Ahora que estamos en plena época de Adviento, escuchábamos en un artículo anterior la parte del Credo que expresa la fe en el misterio cristiano de la Encarnación, en la versión homofónica del gregoriano Credo III para la Missa de Angelis. La melodía era sencilla aunque augusta, y perennemente fácil de cantar. De hecho, el canto gregoriano fue diseñado precisamente para que los faltos de instrucción en música pudieran participar fácilmente en los actos litúrgicos.

Pero el que hubiese versiones gregorianas (sencillas) de los cantos litúrgicos, no sólo no disuadió, sino alentó a muchos músicos a hacer versiones musicalizadas más complejas de las mismas oraciones.

La polifonía y Guillermo de Machaut

Hoy escucharemos la versión del incarnatus de Guillermo de Machault, un músico francés del siglo XIV. Guillermo de Machaut fue un prolífico poeta, escritor y músico cuya producción marcó definitivamente el arte de la Cristiandad durante varias décadas. La homofonía (una sola melodía fácilmente tarareable) predominaba en la música sacra y en la mundana, probablemente por cierto apego a formas estéticas romanas clásicas.

Sin embargo, en lugares más alejados de estas tradiciones musicales (como Inglaterra con su gymel y Bélgica) comenzó en el prolífico y decisivo siglo XII a experimentarse con la polifonía (de la que ya hablamos aquí) es decir con la conjunción simultánea de dos o más melodías cantadas o ejecutadas al unísono.

Dijimos en ese mismo artículo que la técnica musical que permite que una polifonía suene bien se llama contrapunto y dijimos que (500 años después de su creación), Johann Sebastian Bach llevó en el siglo XVIII al contrapunto a sus más perfectas e insuperables consecuencias.

Guillermo de Machaut (quien al igual que el célebre músico Antonio Vivaldi, era clérigo) sirvió a muchos representantes de la Alta Aristocracia quienes hacían las veces de sus mecenas.

La gran mortandad

En ese entonces, durante la vida de Guillermo de Machaut, ocurrió en Europa una tragedia sin precedentes y sin reediciones. Un silencioso y fantasmagórico barco genovés encalló de noche en las costas italianas del Adriático en 1347. En su interior sólo llevaba cadáveres pestilentes y un espíritu de muerte: la Peste Negra traída de Crimea. En sólo seis años, en un macabro y espantoso holocausto expansivo, la mitad de la población Europea había pasado por una pustulenta y dolorosa agonía hasta ser arrojada en brazos de la muerte.

En muchísimas ciudades, las vidas de las tres cuartas partes de los pobladores fueron segadas. Ricos o pobres, clérigos y laicos, sabios e ignorantes... la Peste no hizo acepción de personas. Nadie sabía por qué ocurría, era una guerra sin gloria y sin ejércitos y una batalla sin enemigo visible.

Ni siquiera las masacres de las Guerras Mundiales se equiparan a la mortandad relativa que la Peste Negra causó en Occidente. Y a lo monstruoso de sus dimensiones hay que añadir el pavor que producía el no saber nada de nada de lo que ocurría. Los conocimientos médicos no alcanzaban a prevenir ni a curar la enfermedad y los médicos caían como moscas al igual que sus pacientes.

Ockham: el destructor

Una de las primeras víctimas de la Peste Negra fue precisamente otro clérigo de nombre Guillermo. Pero éste era inglés y se apellidaba Ockham. De cultura enciclopédica y de inteligencia notable, Guillermo de Ockham llamado por sus fans Venerabilis inceptor había puesto su mente al servicio de dos fines: someter a la Iglesia Católica bajo las cadenas de los políticos (un regreso al paganismo) y acabar con el pensamiento metafísico clásico herencia de los griegos y de pensadores cristianos de la talla de Boecio, San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

Para el cumplimiento de estas metas, Guillermo de Ockham se refugió bajo las faldas de los poderosos de la tierra diciéndole al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:

“O imperator, defende me gladio et ego defendam te verbo”

“Oh emperador, defiendeme con tu espada y yo te defenderé con mi elocuencia”

Continuará...

sábado 28 de noviembre de 2009

Bach en Adviento: “¡Maravíllate, oh humanidad, de este gran misterio!”




Publicado por JC Conde de Orgaz

Con información del sitio “Cantatas de Bach”

Con el título de "Ven, Salvador de los gentiles", compuso Bach –el mejor compositor de la Historia– la cantata BWV 62 en Leipzig en 1724. Fue dedicada precisamente a la celebración liturgica del primer domingo de Adviento y se inspira en la alegre expectativa propia de esos días que preceden a la Navidad.

La cantata BWV 62 consta de seis movimientos: coro, aria para tenor, recitativo para bajo, aria para la misma voz, recitativo para soprano y contralto y coral.

El primer movimiento

El primero es una fantasía sobre la traducción al alemán del himno católico "Veni Redemptor genitum". Comienza el primer movimiento con una introducción orquestal en donde los oboes, la trompa, las cuerdas y el continuo evocan con sencillez sublime la Natividad. Escuchemos esta bellísima y alegre introducción instrumental (Audio de 53 segundos):


Las sopranos primero y luego las otras voces cantan con un impresionante pero sobrio contrapunto la melodía del himno, estrofa por estrofa (son cuatro).

Estrofa 1

  1. Nun komm, der Heiden Heiland, - (Ven ya, Salvador de los gentiles)

  2. (Audio de 53 segundos):


Estrofa 2

  1. Der Jungfrauen Kind erkannt, - (Hijo reconocido de la Virgen...)

  2. (Audio de 33 segundos):


Estrofa 3

La tercera estrofa entra con más energía:

  1. Des sich wundert alle Welt, - (...del cual todo el mundo se maravilla)

  2. (Audio de 44 segundos):


Estrofa 4

La cuarta y última estrofa de este movimiento nos ofrece un crescendo hermoso y vibrante:

  1. Gott solch Geburt ihm bestellt. - (Dios ha ordenado tal nacimiento)

  2. (Audio de 1 minuto con 34 segundos):


Pueden escuchar el primer movimiento completo en nuestro podcast.

El segundo movimiento

Los movimientos II al V se basan en paráfrasis del himno luterano del mismo título. El aria del tenor del segundo movimiento es un canto de amplio diseño y carácter afable, al que apoyan los oboe y las cuerdas. He aquí un fragmento:

  1. Bewundert, o Menschen, dies große Geheimnis - (¡Maravíllate, oh humanidad, de este gran misterio!)

  2. (Audio de 44 segundos):






Pueden escuchar y descargar el segundo movimiento completo en nuestro podcast.

El tercer movimiento

El breve recitativo del bajo se inicia majestuosamente sobre las palabras "Así, el Hijo viene del trono y la gloria de Dios". Las cuerdas altas doblan al continuo en este movimiento que, con la regularidad de su línea melódica, pinta la incontenible marcha del León de Judea. Oigamos el movimiento completo




Pueden escuchar y descargar el tercer movimiento completo en nuestro podcast.

El quinto movimiento

A pesar de que es sensacional, por cuestiones de espacio y tiempo nos saltaremos el cuarto movimiento aunque pueden escucharlo y descargarlo en nuestro podcast.

Después, en su quinto movimiento, escuchamos un recitativo de la soprano y la contralto, que tiene la exquisita y deliciosa poesía de un canto navideño:




Pueden escuchar y descargar el quinto movimiento completo en nuestro podcast.

El sexto y último movimiento

La obra concluye con un himno de alabanza que confirma la feliz promesa del Adviento:




Pueden escuchar y descargar el sexto movimiento completo en nuestro podcast.

FIN

miércoles 25 de noviembre de 2009

Principio de no contradicción y dialéctica Hegeliana ¿Incompatibles? - Parte I




Publicado por JC Conde de Orgaz
  1. “...Si se expresa una proposición analítica como la que sigue: “un triángulo tiene cuatro lados” se está diciendo un absurdo. O tiene cuatro o tiene tres, pero no puede tener al mismo tiempo –y bajo el mismo respecto– ambos. Es el principio de no contradicción, sólo contestado por la dialéctica hegeliana (hoy bastante desacreditada) y por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista (más de moda que la anterior)...”

  2. JC, en “Fides et Ratio. Et Incarnatus Est” (Parte I)


Así introducía yo, hace más de un año, el artículo que acabo de republicar. Carlos Abrego, un lingüista salvadoreño radicado en Francia y a quien le tengo un respeto y estima considerables, me pidió diera razón de esa aseveración en un comentario que se transformó en el diálogo inconcluso siguiente:


Carlos Abrego

dijo el 22 de septiembre de 2008 8:27

  1. Estimado jc:

  2. Me gustaría que me dieras las referencias bibliográficas en donde se pueda deducir que Hegel rechaza el principio del tercer excluido (de contradicción). En lo que respecta al marxismo, ya sé que estás equivocado.

  3. Siempre es mejor servirse con su propia mano y en directo, en lugar de repetir lo que terceros dicen sin haber leído los textos incriminadados.

  4. Te lo digo de esta forma, ya que una cosa es admitir la contradicción en la unidad y otra negar la contradicción.

  5. Lamento mi tono, pero no me esperaba esos lugares comunes en tus escritos. Perdón por mi tono.

  6. Muy cordialmente,

  7. Carlos


JC

dijo el 22 de septiembre de 2008 16:12

  1. Estimado Carlos:

  2. “...Perdón por mi tono...”

  3. Francamente, Carlos, su tono me parece apropiado. De hecho –aunque a veces no puedo evitarlo– prefiero no fijarme en los tonos y las formas (sé que algunos temas son demasiado serios o apasionantes como para evitar parecer –a veces– un poco desabridos o emocionados), pero prefiero fijarme –con mis limitaciones– en el fondo de las cuestiones que no suele ser oscurecido por el carácter, humor o estilo del argumentador. En este blog al menos, no se preocupe por los tonos, está prohibido prohibir, incluso las “malas palabras” son bienvenidas.

  4. Pero, en serio, su tono estuvo bien...

  5. “...no me esperaba esos lugares comunes en tus escritos...”

  6. Más allá de si “...el principio de no contradicción (es) contestado por la dialéctica hegeliana (...) y por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista...” es o no un lugar común, no se extrañe de encontrar “lugares comunes” en mis escritos.

  7. Soy sólo un aficionado de los temas de los que escribo (historia, filosofía y música) y casi nunca (¿O nunca?) tengo tiempo -o posibilidad física o moral– de citar fuentes primigenias. Lo que ocurre es que los lugares comunes de los que está seguramente plagado mi blog son pasados por alto –a veces– por los lectores en virtud de que son amablemente indulgentes o porque no tienen, a juicio de ellos, mucha importancia.

  8. No es el caso de mis dos afirmaciones a las que usted se refiere:

  9. “...el principio de no contradicción (es) contestado por la dialéctica hegeliana...”

  10. “...el principio de no contradicción (es contestado) por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista...”

  11. Sin duda que –sobre lo que versan ambas– tiene su importancia.

  12. Le cuento por qué las expresé: me pareció aventurado decir que el principio de no contradicción es universalmente aceptado y que todos coinciden en su validez universal. Así que quise matizarlo trayendo a colación dos corrientes de pensamiento serias que me parecen la excepción. Lo creo así, pero por supuesto no excluyo la posibilidad de estar equivocado.

  1. “...Siempre es mejor servirse con su propia mano y en directo, en lugar de repetir lo que terceros dicen sin haber leído los textos incriminadados...”

  2. Sin duda es mejor. Pero para quienes no sabemos alemán, no nos queda más remedio que confiar (casi ciegamente hasta no disponer de evidencia en contrario) en terceros. En el caso que se refiere a Hegel: en los traductores. Es inevitable –y la cultura humana así funciona– partir de esas mediaciones que no tienen por qué hacer imposible el diálogo. (Aunque a veces, obviamente, lo dificultan: traduttore, traditore)

  3. En lo que se refiere a “ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista” también debemos contar (los que no sabemos alemán) con la mediación de los traductores y especialmente con los aportes de sus comentaristas más o menos relevantes (y de sus respectivos traductores). Por eso me referí a “ciertas interpretaciones” y no a la dialéctica marxista per se.

  4. Aunque coincido con usted que siempre es mejor beber de las prístinas fuentes, creo que una conversación seria puede establecerse sin contar con ese privilegio.

  5. “...Me gustaría que me dieras las referencias bibliográficas en donde se pueda deducir que Hegel rechaza el principio del tercer excluido (de contradicción)...”

  6. Tengo la certeza moral que en los escritos en los que Hegel expone su pensamiento están claramente expresadas afirmaciones que lo contradicen. Valga como adelanto el que identificara el ser con el no ser y pusiera en términos de igualdad la identidad y la diferencia (aunque eso último puede sonar a cliché)...

  7. Con lo de la referencia bibliográfica le quedo debiendo, pero sólo por unos días, no tengo “Ciencia de la Lógica” en mi biblioteca y debo buscarla en la de mi hermano, pero en atención a esta conversación –que me parece de lo más interesante– le prometo que lo haré. Indúlteme temporalmente con su paciencia.

  8. “...En lo que respecta al marxismo, ya sé que estás equivocado...”

  9. No es su caso, pero hay cierta tendencia –tanto en algunos de sus apologistas como en la mayoría de sus contradictores– a meter todo lo que se dice “marxismo” en un mismo saco. Desarrollos o interpretaciones de lo que Marx “quiso decir”; o tratados más o menos serios sobre las implicaciones ulteriores de su pensamiento; o sobre su adaptación a los tiempos posteriores a su autor... abundan y están lejos de ser contestes.

  10. Yo tampoco meto esas manifestaciones del pensamiento en un mismo saco, ni para hacer análisis de índole filosófica ni político-histórica. Algo al respecto escribí el año pasado aquí como reacción a un debate que tuve con El-Visitador en su blog a propósito de lo que él llamaba “los crímenes del comunismo”.

  11. En virtud de esta discriminación dije “...el principio de no contradicción (es contestado) por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista...”. No soy un especialista del Marxismo ni nada que se le parezca pero sé lo suficiente como para no hablar en este punto en particular del “marxismo per se” haciendo generalizaciones gratuitas de las que no podía dar razón.

  12. De la afirmación que hice sí puedo dar razón y procuraré que sea de tal manera que podamos conversar sobre ello también.

  13. Permítame tener los libros en cuestión físicamente en mis manos y si gusta, inauguramos el ágora con el tema:

  14. Principio de no contradicción y dialéctica Hegeliana ¿Incompatibles?

  15. “...una cosa es admitir la contradicción en la unidad y otra negar la contradicción....”

  16. No quiero parecerles críptico a mis otros lectores, ni adelantarme al debate (para el que me prepararé con los libros en la mano) pero creo que en esa cuestión hay ciertos malos entendidos subyacentes sobre el tipo de metafísica desde la que se hacen las afirmaciones que yo expresé. Hablaré con más propiedad de ello después, pero Hegel parece haber partido desde la metafísica racionalista wolffiana (en boga en ese entonces) y no desde la metafísica tomista (prácticamente caída en desuso en su época) que es desde donde yo asiento mis reflexiones.

  17. Gracias por sus observaciones, me quedo debiéndole al menos un post con libros en mano.

  18. Gracias por venir, Carlos, sus comentarios siempre son bienvenidos.

  19. Disculpe mi incapacidad de ser breve y conciso, saludos

  20. JC


Carlos Abrego

dijo el 22 de septiembre de 2008 17:46

  1. Estimado jc:

  2. Voy a esperar, aunque me parece que la dialéctica hegeliana no podría funcionar sin el principio de identidad. Lo que quiero decir es que los principios de la lógica aristotélica se incluyen en los raciocinios hegelianos.

  3. Pero voy a esperar. Tal vez esto nos permita salir del imbroglio.

  4. Carlos


JC

dijo el 23 de septiembre de 2008 17:24

  1. Estimado Carlos:

  2. “...aunque me parece que la dialéctica hegeliana no podría funcionar sin el principio de identidad...”

  3. De hecho, (y sigo sin querer adelantarme) yo soy de la opinión de que la dialéctica hegeliana no funciona. Como lo pensaba Brentano, Balmes y Kierkegaard

  4. “...Tal vez esto nos permita salir del imbroglio....”

  5. Tal vez, pero si no, seguro que lo disfrutaremos,

  6. Saludos, Carlos



Carlos Abrego

dijo el 28 de septiembre de 2008 14:50

  1. Estimado jc, me has citado a Brentano, a Balmes y a Kierkegaard. Este argumento de autoridad no hace mella en mis convicciones dialécticas.

  2. Las matématicas puras y la lógica formal son para mí aún un pensamiento pre-crítico y Kiekegaard no lo considero una referencia de peso ante Hegel.

  3. Así es mejor que siga esperando que me des tus argumentos y las referencias. No obstante, voy a decirte que defiendo en Hegel la parte racional de su método y no su mistificación idealista.


JC

dijo el 23 de noviembre de 2008 15:21

  1. Estimado Carlos:

  2. Sí... Pareció un Magister Dixit. Pero no... Sólo los mencioné para que no fueran a creer que soy el único atrevido que pretende refutar a Hegel... Si bien es cierto no son “Filósofos mayores” (Como los profetas Mayores-Menores) mencioné sus nombres para no parecer tan solo.

  3. Para hacer mella en sus convicciones haría falta algo más que un buen libro... Jajajaja

  4. “...voy a decirte que defiendo en Hegel la parte racional de su método y no su mistificación idealista...”

  5. No podía esperar menos de un purista del marxismo...

  6. Saludos Carlos


En el próximo artículo de esta serie, catorce meses más tarde, procederé a dar mis argumentos y referencias. En este blog, el que los autores hagan afirmaciones sin fundamento visible, sin sujetarse a la contradicción de los lectores y sin sujetarse a las reglas de los debates racionales sanos, es un crimen que no puede quedar impune.

Continuará...

Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte II)





[REPOSICIÓN]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 20 de septiembre de 2008

Esta es la segunda y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

No en contra, sino más allá de...

Uno de los misterios expresados en el Credo, decíamos, es el Misterio de la Encarnación. El Misterio de la Encarnación es como se le llama al hecho, más allá de nuestro entendimiento, de que –según el Magisterio Católico– Dios infinito, espiritual y omnipotente se hizo hombre (limitado) en la persona del Χριστός (Christós).

Ya hablé de ello aquí, pero hoy quiero fijarme en los elementos constitutivos de ese fenómeno con el objeto –no de persuadir a mis lectores de que eso es verdad, que lo es– sino con el propósito de tratar de explicar el por qué este misterio en particular no es un absurdo.

Decir por ejemplo: Fulano tiene una naturaleza que es simultáneamente infinita y finita, es un absurdo, viola el principio de no contradiccion. No es ese el caso de la encarnación: el Χριστός (Cristo) no tenía una naturaleza contradictoria en sí misma (humana y divina al mismo tiempo y con respecto a la misma naturaleza) sino que tenía –tiene, según la Iglesia Católica, Apostólica y Romana– las dos naturalezas: una naturaleza humana (limitada) y OTRA naturaleza divina (ilimitada). Las características que más se nos presentan como incompatibles (lo finito y lo infinito) no se asientan en lo mismo, se asientan cada una de ellas en en dos naturalezas –principios de operaciones– respectivamente distintas.

Et homo factus est

Esto nos lleva –por supuesto– a preguntarnos ¿Cómo se unen, cómo se relacionan, estas dos naturalezas distintas (la humana y la divina)? Bueno, pues el Magisterio de la Iglesia nos ha explicado siempre que ambas naturalezas están unidas en una Persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) de tal manera que siguen siendo naturalezas divina y humana con operaciones propias distintas.

No entraré –por supuesto- a hacer una análisis del misterio de la Santísima Trinidad, (aunque buena falta hace), pero escuchemos el mismo Credo III en la parte donde se refiere a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad (19 segundos de audio):


Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos, el Verbo, tiene la naturaleza divina, es “Dios de Dios”. Aunque no se acepte la verdad de esa afirmación, es obvio que –desde una perspectiva lógica formal– el juicio como tal no admite reparo alguno, de hecho es casi una tautología. Lo intrincado, lo misterioso de la cuestión, surge cuando resulta que esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo, el Logos– asume en el tiempo y en el espacio una segunda naturaleza (sin perder la anterior divina), cuando se hace carne: “Et homo factus est”.

La hipóstasis

Al asumir la naturaleza humana, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no deja de ser Persona, ni deja de tener su naturaleza divina. Estamos frente a una persona (Χριστός) de nombre Jesús que tiene dos naturalezas distintas, es hombre (plenamente hombre) y Dios (plenamente Dios). La unión de las dos naturalezas distintas se da en la PERSONA, y la Iglesia le ha llamado: unión hipostática, del griego hypostasis ὑπόστᾰσις (“lo que permanece bajo las apariencias, la realidad”) aunque se utiliza más bien en el preciso sentido de persona.

Jesucristo, entonces, según la Iglesia Católica, es UNA persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Logos) que es Dios (naturaleza divina) y Hombre verdadero. Tiene por lo tanto dos inteligencias, una inteligencia humana y por lo mismo limitada como la de todos nosotros; y una inteligencia divina ilimitada, como corresponde a Dios. También tiene dos voluntades, una divina y una humana, distinción que explica lo acaecido durante la oración en el huerto.

Misterio sin duda, más allá de la razón, pero no opuesta a ella. Podria parecer una sutileza sin mayor consecuencia, pero en realidad los fundamentos de una civilización por allí, descansan, precisamente, en las relaciones que hay entre la fe y la razón y en la existencia y naturaleza de un señor llamado Jesús, el Χριστός. Como bien sabía el osado Sigerio de Brabante.

Oigamos el fragmento del Credo III en el que se canta la profesión de fe de este misterio en particular (disculpemos a los pobres monjes que –como ya advertí– tienen tuberculosis) 14 segundos de audio:



Ésta es la otra versión que les mencioné de la misma profesión de fe cantada por mortales comunes y corrientes, más salvadoreños que el pan con chumpe (20 segundos de audio).



Pueden oir la versión completa del Credo III de la Missa de Angelis en nuestro podcast.

FIN

martes 24 de noviembre de 2009

Fides et Ratio. Et Incarnatus Est – (Parte I)




[REPOSICIÓN]

Publicado por JC Conde de Orgaz el 20 de septiembre de 2008

Si se expresa una proposición analítica como la que sigue: “un triángulo tiene cuatro lados” se está diciendo un absurdo. O tiene cuatro o tiene tres, pero no puede tener al mismo tiempo –y bajo el mismo respecto– ambos. Es el principio de no contradicción, sólo contestado por la dialéctica hegeliana (hoy bastante desacreditada) y por ciertas interpretaciones de la dialéctica marxista (más de moda que la anterior).

El principio de no contradicción es la piedra angular del raciocinio humano. Su aceptación –consciente o inconsciente– permite la investigación científica, la comunicación, el lenguaje y el simple razonamiento humano.

Señalo lo anterior para comenzar a poner en contexto las relaciones entre fe religiosa y razón. Decíamos aquí que:

  1. Algunas religiones sostienen que el ser humano -en virtud de su dimensión limitada- no puede, con sus solas fuerzas, aprehender la verdad y el significado de realidades vinculadas a lo infinito (o sea, a Dios). Es por esta razón, arguyen, que Dios se revela a sí mismo mediante acciones extraordinarias, para poner al alcance de sus criaturas verdades que, de otro modo, difícilmente –o de ninguna manera– alcanzarían.

  2. El cristianismo en general y la Iglesia Católica Romana en particular forman parte de este tipo de religiones. Así, el cristianismo en general está –como doctrina– estructurado alrededor de estas verdades inalcanzables que, de modo gratuito, dicen que fueron puestas a disposición del hombre.

Los misterios cristianos

Decíamos también que el Magisterio de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana sostiene que todos los misterios a los que Dios –a través de ella– propone la adhesión del intelecto humano son racionales, es decir que no son absurdos. No contrarían la razón, sólo la superan. Y la superan en virtud de que tales misterios tienen relación con la naturaleza infinita de Dios, inabarcable por la finitud de la razón humana.

El hecho de que el ser humano no entienda en determinadas circunstancias algo, no hace de ese “algo” un absurdo, un contradictorio. No entendemos del todo, por ejemplo, la esencia de la luz, sólo podemos explicar ciertos comportamientos a través de modelos corpusculares y ondulatorios. Eso no convierte a la existencia de la luz en un absurdo contradictorio.

En suma, los misterios que estructuran el corpus doctrinal cristiano, si bien –dice la Iglesia– algunos son incomprensibles, no son contradictorios ni absurdos. Y eso es porque para el Magisterio Católico, Dios es Racional en esencia.

A la pregunta de quinceañero: “Si Dios es omnipotente, ¿Puede hacer una piedra tan grande, tan grande, que ni Él mismo la pudiera levantar?” la respuesta Católica ha sido siempre clara y conteste: Dios es omnipotente, no pendejo. No la haría, pues eso supondría un absurdo, una contradicción y Dios es la razón pura en esencia, el LOGOS. Claro que el fondo de la pregunta y de la respuesta no son de quinceañero: hunden sus raíces en elaboraciones filósoficas de más larga data que Hannah Montana.

El voluntarismo y la irracionalidad

Para otros la respuesta a esa pregunta es positiva. Algunos de ellos son pensadores profundos y legendarios que, basándose en reflexiones de Juan Duns Escoto y Averroes, supusieron que la omnipotencia de Dios lo dejaba “libre” de hacer lo que le “roncara la gana” y que si quería hacer un cuadrado de cinco lados, lo podía hacer... no problem. Por supuesto que esa percepción de las cosas llevaba a destruir la misma definición de Verdad. A Sigerio de Brabante, por ejemplo, un pensador acucioso y valiente que desempolvó teorías gnósticas como la del eterno retorno, no le quedó más remedio que llevar su tesis hasta sus últimas consecuencias y llegó a pensar que habían “dos niveles de verdad” igualmente “verdaderas” aunque fueran contradictorias entre ellas: la destrucción del principio de no contradicción, uno de los tres pilares del pensamiento. Lo acucioso y lo valiente no garantiza infalibilidad

Vuelvo al punto: para el Magisterio Católico, Dios es Racional (no porque el hombre lo sea, como sugería Feuerbach, más bien el hombre es racional porque su creador lo hizo a su imagen y semejanza) y sólo hace cosas racionales y sólo propone a sus creaturas racionales, verdades racionales para que adhieran su intelecto libremente a ellas. Estas “verdades”, repito, no por ser racionales dejan –a veces– de constituir auténticos misterios.

De hecho, tan racionales dice la Iglesia que son estos misterios que durante veinte siglos, una pléyade de filósofos y teólogos se han dado a la tarea de escrutarlos y de tratar de sacar de ellos sus últimas consecuencias racionales. La explicitación de esos misterios dentro del Magisterio de la Iglesia Católica está expresada en niveles de sofisticación para todos los gustos. El nivel más básico está contenido en el Credo, una oración que resume los principales misterios de la Fé Católica expresados en profesiones de fe.


El Credo III

A esa sencilla oración, desde la formula bautismal de Jerusalén en los primeros años de la Iglesia, se le ha puesto música. Los devotos han tratado de ponerle la más bella música a su disposición. No tenemos en nuestras manos todas esas primitivas partituras (entre otras cosas porque no las hubo) pero de una de las más antiguas de las que sí disponemos es de la versión en canto gregoriano que suele acompañara a la Missa de Angelis –el Credo III– que remonta sus orígenes hasta el siglo VII con San Gregorio Magno. Más que su antigüedad, lo que sorprende es que todavía se cante por los fieles en donde hay todavía cultura católica (no es el caso de El Salvador en donde tal cosa, si la hubo alguna vez, se acabó entre los años cincuenta y los sesenta del siglo pasado).

Sólo dispongo de dos versiones, una de unos monjes benedictinos de Brasil (que parece estaban pasando por una peste de tuberculosis mientras grababan) y la otra es el Credo cantado en la Misa de mi casamiento, como prueba de que el canto gregoriano está hecho para que lo cante cualquiera... Sí: cualquiera. La versión de los monjes benedictinos comienza así (21 segundos de audio):


Continuará...

lunes 23 de noviembre de 2009

Filosofía de la Naturaleza Humana (XIII): Libertad y Responsabilidad humanas




Publicado por JC Conde de Orgaz

Esta es la décimo tercera parte de una serie sobre Antropología filosófica desde la perspectiva de la Filosofía Clásica (philosophia perennis) cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí, su quinta aquí, su sexta aquí, su séptima aquí, su octava aquí, su novena aquí, su décima aquí, y su úndecima aquí y su duodécima aquí.

El ser humano, decíamos en el artículo anterior, puede también equivocarse en el uso de su libre albedrío –entre otros motivos– por poner la sensibilidad corporal en una posición de fin primordial cuando en realidad es sólo accesoria y subordinada. A este “yerro” en el uso del libre albedrío se le llama mal moral: es la ausencia deliberada y consciente de bien en nuestras acciones libres.

Es por eso que la constatación de que el ser humano tiene libre albedrío (libertad de elección) no se agota en esa constatación sin más. Siendo que el libre albedrío tiene un objeto propio (el Bien: lo que es conveniente a nuestra esencia, a nuestra naturaleza) procede dar un paso más. Ya vimos qué es el libre albedrío, ya vimos también para qué sirve. Hoy demos el siguiente paso y preguntémonos: Desde esas bases ¿Qué es la Libertad Humana, en definitiva?

La Libertad según Mickey Mouse

Inficionados como estamos desde nuestra niñez de relativismo y filosofías baratas de Disneylandia, podríamos responder lo que todos contestan:

“Libertad es hacer lo que querramos”

El amasijo de conceptos y presupuestos de los que está preñada la expresión anterior, no sólo es un retroceso, sino un contrasentido que conduce a la negación de la misma existencia de la Libertad. Me explico:

Es un retroceso pues hay dos momentos a destacar en este camino del raciocinio que hemos recorrido: A) la constatación a partir de la racionalidad y voluntad humanas de que el Homo Sapiens tiene libre albedrío, o sea, libertad de elección; y B) el hallazgo lógico, partiendo de las nociones de acto y potencia, de que el objeto propio de la voluntad es el bien.

Con la “respuesta común” de arriba se quiere regresar al punto (A) ignorando convenientemente el (B), mientras se omite también el hecho de que las elecciones humanas pueden ser –en virtud de su libre albedrío– decididas en cualquier sentido que sea físicamente posible.

Mickey Mouse también se equivoca

¿Es que acaso PODEMOS REALMENTE hacer lo que querramos? ¿Pertenece a las potencialidades de nuestra naturaleza humana hacer lo que se nos ocurra sin más? ¿Puedo acaso contener mi respiración durante dos horas sin sufrir las consecuencias (morir), sólo porque se me ocurre? La respuesta que nos dicta el sentido común es: NO. No podemos hacer todo lo que querramos, así que la definición de Libertad como “hacer lo que querramos” es –al menos– coja.

Y es que no sólo es coja, es absolutamente infundada y falsa. Vayamos, para demostrarlo, más allá en las preguntas: ¿Es que acaso siquiera SABEMOS REALMENTE lo que queremos? El sentido común nos dicta la respuesta: no siempre. Muchas veces ni siquiera sabemos con precisión lo que queremos (con todas sus consecuencias, se entiende). Las limitaciones propias de nuestra inteligencia no nos permiten saberlo todo, ni en el ámbito mismo de nuestras apetencias más íntimas.

Así que sostener esa definición de Libertad, en el fondo, es negarla. Los adversarios de la existencia de la Ley Natural hacen precisamente eso: sostener definiciones vagas e imprecisas de la Libertad humana, o la niegan de plano afirmando que la necesidad del destino nos mueve como a hojas en el viento, o exaltan de modo inverosímil a la Libertad misma definiéndola como algo mayor de lo que en realidad es (como en el ejemplo).

Lo propio es ser mejores de lo que ya somos

En realidad, dado que el objeto propio de la voluntad humana es es el bien, la Libertad no es unbuscaniguas enloquecido y sin dirección, no es una hoja sometida a los azarosos movimientos del destino... nuestra Libertad personal tiene un blanco muy preciso: la conveniencia de la naturaleza humana tal como ésta es. La Libertad sólo se actualiza cuando obramos el Bien.

La Libertad del hombre (del animal racional) es definida entonces (para distinguirla del libre albedrío), por la Filosofía clásica, como la actualización voluntaria de nuestras facultades en orden a los fines específicos de nuestra naturaleza. Libertad es, dicho de otra manera, el obrar voluntario del bien con conocimiento del fin. Obrar mal (en contra de los fines específicos de nuestra naturaleza de modo voluntario y consciente), entonces, no es propiamente ser libre, sino sólo síntoma de que tenemos libre albedrío. Obrar bien, conforme a nuestra naturaleza de animal racional, es el distintivo propio de la Libertad Humana.

No somos, por consiguiente, auténticamente libres cuando nos dejamos llevar exclusivamente por las emociones y la búsqueda de sensibilidades animales desvinculadas de su fin último y, cuando bajo una concepción falsa de nuestra autonomía, elegimos actuar en contra de nuestra naturaleza a sabiendas de ello. Por el contrario, expresamos en grado sumo nuestra libertad, cuando actuamos (enriqueciéndonos con nuevos modos de ser adecuados a nuestra esencia) de acuerdo a nuestra naturaleza humana.

Así, la libertad de elección (el libre albedrío) se convierte en Libertad moral, en la medida en que uno la ejercita para enriquecer su propia naturaleza con modos de ser adecuados a ésta (realizar actos buenos). De esa manera, liberarse es, en definitiva, abrir las potencialidades de nuestra esencia de Homo Sapiens a la actualidad ennoblecedora de nuevos modos de ser. No olvidemos, además, que la verdadera libertad implica renuncias: elegir algo es es siempre renunciar a otras cosas. Pero la renuncia (resultado del acto libre) es sólo el aspecto negativo de un fortalecimiento personal y el camino, a veces doloroso, por el que nuestra naturaleza crece y madura.

De nuevo: somos una unidad integral de espíritu y materia

Para coronar estas breves reflexiones sobre la voluntad-libre albedrío y la Libertad Humana, debo subrayar que en virtud de la naturaleza humana (animal racional) la libertad individual es esencial a nuestras vidas. La Libertad permite además responsabilizar que los humanos se responsabilicen de sus actos (buenos o malos) pues pudieron haberlos obrado o no. La libertad es inseparable (por la naturaleza racional del hombre) de su responsabilidad. Consecuencia inmediata (y lógica) del hecho de que somos libres es el hecho de que somos responsables.

Es decir, no hay un solo aspecto del ser humano que pueda escapar a ser interpretado desde el hecho incontestable de que somos responsables personalmente de nuestros actos. Así como todos los aspectos del Homo Sapiens deben ser interpretados desde el hecho incontestable de que somos seres vivos del Reino Animal. Así también como no hay un solo aspecto del ser humano que pueda escapar a ser interpretado desde el hecho incontestable de que somos una unidad integral de espíritu y materia: razón, voluntad y emociones-sensibilidad corporales.

Ya veremos cómo el hecho de que uno pueda reclamar como propios sus actos realizados (y, por supuesto, que terceros puedan imputármelos) es un elemento indispensable en el análisis de otra propiedad de los humanos: su sociabilidad

Continuará...

viernes 20 de noviembre de 2009

Filosofía de la Naturaleza Humana (XII): Errare humanum est...




Publicado por JC Conde de Orgaz

Esta es la duodécima parte de una serie sobre Antropología filosófica desde la perspectiva de la Filosofía Clásica (philosophia perennis) cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí, su quinta aquí, su sexta aquí, su séptima aquí, su octava aquí, su novena aquí, su décimaaquí, y su úndecima aquí

  1. “...La prioridad está en la realidad de las cosas, no en la subjetividad humana. El ser (el bien) es apetecible porque es bueno para una determinada naturaleza, y no al revés: no es bueno porque es apetecible. Así que el Homo Sapiens, así como puede equivocarse al razonar, también puede equivocarse al ejercitar su voluntad, al actuar (de hecho se equivoca con mucha frecuencia).

  2. Hablaremos de cuán imbéciles podemos ser los Homo Sapiens...”

  3. “Ens et bonum”


Señalábamos algunas razones por las que los animales racionales podemos errar al ejercitar nuestra inteligencia y no llegar a la verdad de las cosas: descuido al ejercitar, o limitación física en, nuestros sentidos corporales; incumplir las reglas de la recta razón detalladas por Aristóteles...

El equivocado ejercicio del libre albedrío

También hay algunas razones por las cuales se entiende el hecho de que los animales racionales (los homo sapiens) se equivoquen al ejercitar su voluntad y no alcancen el bien. En primer lugar está el inquietante hecho de que simplemente pueden hacerlo. Su libre albedrío no tiene más límites que la imposibilidad física. Pero hasta la frontera de la “imposibilidad física” es evanescente: ¿Quién se habría imaginado la posibilidad de llegar a la luna? ¿de aniquilar el átomo encima de centenares de miles de inocentes?. El humano puede evitar hacer el bien simplemente porque puede, tiene libre albedrío. Puede hasta matarse a sí mismo si le da la gana, ya no digamos otras cosas menos definitivas.

Hay una segunda razón por la cual es frecuente que los animales racionales (los homo sapiens) se equivoquen al ejercitar su voluntad y no alcancen el bien: la atracción que ejercen bienes accesorios que parecen fundamentales sin serlo. Los humanos descartan el Bien, el fin último y prefieren el bien, el fin secundario. Me explico:

Fin último y sensibilidad corporal

Por el hecho de ser animales (dotados de cuerpo material) el ser humano experimenta placer y satisfacción al actualizar sus facultades corporales: sacia su hambre o su sed y siente placer al utilizar su sistema digestivo (al nutrirse); siente placer al olfatear algunos aromas y experimenta rechazo con otros; experimenta placer al hacer uso de sus órganos genitales; y el tacto le brinda también, en determinadas ocasiones, placenteras sensaciones; incluso el hecho de evacuar los deshechos alimenticios está acompañado de sensaciones más o menos agradables. De alguna manera, las satisfacciones sensibles que tales actos generan son un bien para la naturaleza humana.

El organismo biológico de los animales (el del humano también) está estructurado para que el ejercicio de funciones espontáneas vitales genere satisfacción y placer biológico. De no ser así, se entiende con claridad, los animales morirían seguramente de inanición (por ejemplo) al no estar acicateados por el malestar producto de la falta de nutrición (hambre) y del placer fruto de alimentarse. Sin el poderoso acicate del placer sexual, los animales no se reproducirían y las especies se extinguirían. De modo análogo pueden analizarse otras funciones biológicas y su relación con el placer o malestar intrínsecos a su ejercicio o falta de ejercicio. Hasta aquí, no hay problema: la sensibilidad y la emocionalidad animal está supeditada a fines superiores como la sobrevivencia, la autoconservación y la reproducción hunmana

Soltar a las emociones de la soberanía racional

Pero de nuevo interviene el hecho desconcertante (ajeno a los animales no racionales) de que el homo sapiens es libre de actuar o no en función de sus fines (bienes) últimos y esenciales. Y remitámonos a los hechos. Si bien es cierto que esos placeres sensibles están ordenados a la supervivencia de la especie (es decir tienen una importancia accesoria y ordenada a un fin superior) el ser humano puede decidir libremente sumergirse en tales sensaciones corporales en contra o al margen de sus fines superiores. Por ejemplo: el olfato está hecho en función de la sobrevivencia de la especie pero, con el objeto de concentrarse desordenadamente y exclusivamente en el placer que procura, el ser humano puede utilizar su sistema olfativo para oler pegamento o inhalar cocaína, dañando a todas luces su propia naturaleza. Es decir, el ser humano puede hacer –y de hecho hace con terrible frecuencia– un uso de su cuerpo que no es conveniente ni es adecuado a su naturaleza sólo por unas lentejas de placer sensible.

De la misma manera, obviando el hecho de que el sistema digestivo tiene como fin la nutrición, el humano es perfectamente capaz de ingerir sólidos o líquidos más allá de sus necesidades nutritivas por el puro objeto de transformar el placer colateral en un fin primario. No puede extrañarnos –dado el libre albedrío– que algunos humanos, al no poder seguir “disfrutando” sus excesos digestivos, procedan a vomitar lo ingerido para continuar abusando de su organismo (es usual ver esto en borrachitos o en personas que beben sin racionalidad).

El bien y el mal, lo justo y lo injusto

Podríamos –por montones– ejemplificar comportamientos humanos que invierten el papel secundario de la sensibilidad corporal colocándola por encima del bien último y racional de la conservación o reproducción de la especie. Pero que nos baste por el momento constatar que tales acciones son posibles y frecuentes –pues el hombre tiene libre albedrío– y son contrarias o ajenas a la naturaleza humana. El hecho de que el hombre las apetezca y las ejecute, no hace de esas acciones algo bueno para su naturaleza: son malas para el hombre, aunque las haga.

Actitudes ajenas o contrarias a la naturaleza similares, y que en virtud de ello son irracionales e inhumanas per se, pueden ejecutarse con relación a los órganos reproductores, pero regresaremos a ellas oportunamente en un posterior artículo. En todo caso, si al obrar (actuar) según la recta razón se le llama por analogía “bien moral”; al obrar consciente en contra de la naturaleza humana se le llama “mal moral”.

Sin embargo, así como es posible registrar comportamientos humanos que rindiendo la razón a las emociones y sensibilidades corpóreas (como la persona que duerme de más sin ir a trabajar sólo por sucumbir al placer del descanso, aunque éste sea excesivo y no razonable); también es posible presenciar comportamientos humanos de signo contrario, como la madre que sobreponiéndose al sueño justo y necesario se levanta en la madrugada a cuidar de su hijo que parece estar enfermo. Las emociones y la sensibilidad corporal enseñoreándose de la razón y de la voluntad en el primer ejemplo del perezoso; versus la razón y la voluntad solidaria, sometiendo a la sensibilidad y a las emociones corporales, para hacer el bien, en el caso de la madre desvelada.

El ser humano integralmente entendido

Podemos ahora entroncar estas reflexiones con lo que habíamos explicado sobre el lenguaje, la comunicación animal y la racionalidad. Cómo nos lo recordó AMDG, el Estagirita dijo:

  1. “Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás animales que viven en grey, es evidentemente, como he dicho muchas veces, porque la naturaleza no hace nada en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre exclusivamente. Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas dos afecciones, y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para expresar el bien y el mal, y por consiguiente lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y todos los sentimientos del mismo orden, cuya asociación constituye precisamente la familia y el Estado.”

  2. Aristóteles, πολιτεία Política, Libro primero, Capítulo I


Los contenidos de esta cita nos ilustran lo que significa el que el ser humano sea una unidad integral. No puede entenderse NADA del Homo Sapiens sin entrar a considerar todas sus características propias (que hemos explicado una por una en esta serie): que es un ser vivo, del Reino Animal, dotado de racionalidad para buscar la verdad y por consecuencia capaz de lenguaje, para comunicarse y en virtud del cual es un ser eminentemente sociable y obligado a la solidaridad; que siendo que tiene un alma inmaterial que estructura y dirige su corporeidad animal, también –por tanto– tiene voluntad y libre albedrío para buscar el bien y así perfeccionar su ser; y que en su ser y actuar, la racionalidad debe ser la soberana juzgadora del equilibrio y de lo justo.

Querer entender al ser humano al margen de alguna de sus características propias es REDUCIR a la mujer, al hombre, a algo que no son. Sin una visión integral –que en este caso nos brinda la philosophia perennis– no se puede entender la naturaleza moral de los seres humanos, nuestra capacidad de obrar el bien y el mal.

Debemos estar más vigilantes de nosotros mismos que de los demás

Para terminar, entendamos entonces que el ser humano es perfectamente capaz de las peores cabronadas (y cuando digo “el ser humano” me refiero también y en primer lugar a su servidor: JC). Así que sorprendernos, extrañarnos de la ejecución de actos injustos, torpes o malos en otros o en nosotros mismos es improcedente. O pretender que el ser humano es un inofensivo Teletubbie incapaz de ninguna maldad que no sea la de tropezarse graciosamente con la hierba, (aunque parezca divertido e “inspirador” ) también es irrespetar nuestra esencia humana, capaz tanto del bien como del mal.

No con esto quiero decir que debemos condonar, respaldar o promover las acciones malas propias o ajenas: No. Pero sí digo que en virtud de nuestra Naturaleza Humana, no podemos andar por allí como niñitos virgos lloriqueando por la “maldad en el mundo” como si fuéramos nosotros mismos unos angelitos regordetes incapaces de actuar en potencia tan mal como los demás, como seres humanos que somos. A las injusticias y acciones malas que nos rodean hay que llamarles con su nombre (al pan, pan y al vino, vino) y poner manos a la obra para tratar de corregirlas, sobre todo –y para comenzar– las injusticias o acciones malas que UNO hace. Pero lo que no podemos hacer –pues sería actuar de espaldas a nuestra realidad– es reaccionar como puritanos escandalizados como si fuéramos un inmaculado y justo “juez de las venganzas”.

No en vano decía el χριστoς:

  1. “Nolite judicare, ut non judicemini. In quo enim judicio judicaveritis, judicabimini : et in qua mensura mensi fueritis, remetietur vobis. Quid autem vides festucam in oculo fratris tui, et trabem in oculo tuo non vides?”

  2. “No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis seréis medidos. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?”


Distinguir el “mal” del “malhechor”: no “somos” nuestras acciones

Contra el acto injusto, malo (sobre todo los nuestros) y contra sus consecuencias: intolerancia. Con respecto al ser humano en concreto, de carne y hueso que ejecuta el acto malo o injusto: comprensión desde la recta razón.

En la antigüedad se atribuía a Séneca el aforismo siguiente, que recoge de manera excepcional lo que acabo de explicitar:

  1. “Errare humanum est”

  2. “Errar es de humanos”


Aunque la locución en cuestión suele truncarse, pues completa, es más explícita, y dice así:

  1. “Errare humanum est, perseverare diabolicum”

  2. “Errar es de humanos, perseverar en el error es diabólico”


Marco Tulio Cicéron (Orationes Philippicae in M. Antonium, 12, 2, 25) tenía su propia versión de este refrán: “Cuiusvis est errare: nullius nisi insipientis, in errore perseverare” (“El errar es propio de todo hombre; pero el persistir en el error, de nadie, salvo de un necio”).

Pero me parece mejor la versión de San Agustín de Hipona quien en sus Sermones (164, 14) dice: “Humanum fuit errare, diabolicum est per animositatem in errore manere” (“Cometer errores es propio del humano, pero es diabólico persistir en el error por orgullo”).

Para no perseverar en nuestros errores por puro orgullo es necesario que los reconozcamos con humildad y aceptemos la responsabilidad de nuestras acciones.

¿Responsabilidad? Hablaremos de ella en el próximo artículo.

Continuará...