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domingo 8 de noviembre de 2009

Filosofía de la Naturaleza Humana (V): Palabras, conceptos y bolados




Publicado por JC Conde de Orgaz

Esta es la quinta parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí. su segunda aquí, su tercera aquí. y su cuarta aquí.

Describíamos rápidamente en el tercer párrafo del segundo artículo de esta serie el modo en el que se produce el conocimiento humano a partir de la experiencia. Describíamos cómo nuestra inteligencia abstrae de los datos sensibles que aportan nuestros sentidos corporales, los conceptos universales. Este proceso es un proceso inmaterial, pues su efecto (el concepto) es inmaterial. Detengámonos en esta noción:

Inteligencia, conceptos y lenguaje

Cuando (después de tener la experiencia de objetos con sólo tres lados, por ejemplo) abstraemos el concepto “triángulo”, no es que tengamos un triangulón físicamente en nuestra cabeza o en alguna parte de nuestro cuerpo material.

El concepto de “triángulo” o de “animal racional” (o cualquier otro concepto) es una realidad de razón que no es material y por ello podemos aplicar el concepto a cualquier realidad externa cuyas cualidades esenciales coincidan con él, independientemente de la constitución física de esos objetos o de sus características figurativas individuales. Podemos reconocer un triángulo (aplicando nuestro concepto inmaterial) en el conjunto de lados de una de las superficies de una pirámide de ladrillos, o en un dibujo de un triángulo isósceles o equilátero, por ejemplo. Y por otro lado, podemos reconocer un humano –aplicando nuestro concepto de animal racional– aunque este sea gordo, mujer, varón, alto, chino, pequeño, calvo o peludo.

Es decir, los conceptos que nuestro intelecto forja son inmateriales. Por lógica consecuencia, la facultad que los hace posibles es un principio de operaciones inmaterial también. El intelecto es inmaterial.

Las palabras significan las cosas, no son las cosas

Es importante señalar esto al momento de considerar la naturaleza del lenguaje, fenómeno propio y sustancial en el entendimiento de la naturaleza humana. Las palabras que constituyen el lenguaje son realidades físicas. Las palabras son ondas vibratorias generadas por nuestras cuerdas vocales y los órganos relacionados y que se transmiten por el aire y otros objetos. O bien contrastes de color en una superficie más o menos sólida, cuando las palabras son escritas. Es decir, el símbolo verbal, la palabra, es algo material. Pero lo simbolizado sí es inmaterial: es el concepto intelectivo que es significado por la palabra. Dicho con más detalle: la palabra (realidad material) es signo del concepto (inmaterial intelectivo), que a su vez remite a la realidad (que puede ser material o no). O diciéndolo de otro modo: La relación significante de la palabra con el ente (con la realidad, el chunche, los bolados) está mediada por el concepto.

Por eso es que es natural que Shaka Zulu, Cicerón, George Washington, el Ogro de Ajaccio y mi suegra usen (o hayan usado) palabras diferentes –forjadas en circunstancias históricas y culturales diferentes y cambiantes– para significar a ese bolado brillante que surcando el cielo ilumina el día y lo calienta y que regularmente se levanta por el horizonte para ocultarse –regularmente también– de otro lado. “Ko’nagan”, “solis”, “sun”, “soleil” y “sol” son palabras distintas, ondas vibratorias audibles diferentes, pero que al remitir en última instancia, simbolizándolo, al mismo chunche, hace posible que los animales racionales (independientemente de su lenguaje y de sus variaciones espaciales y temporales) puedan comunicarse entre ellos intercambiando conceptos e ideas y enriqueciéndolas en el proceso.

Comunicación animal y lenguaje humano

Y no nos confundamos: también los animales se comunican entre ellos, eso es obvio. Pero cuando hablamos de logos, del lenguaje racional, no es a ese dato escueto al que nos referimos. La comunicación animal no es acumulativa, es decir, no es –como en el caso de los humanos– creativa de tal manera que permita hacer combinaciones nuevas.

Para decirlo de otra manera: las maravillas comunicativas que se descubren en las colmenas no cruzan el umbral generacional; la complejidad fascinante de los silbidos y de los cantos de algunos cetáceos superiores no muestra una capacidad combinatoria evolutiva de generación en generación que produzca un cambio en sus comportamientos naturales.

De allí la íntima relación que existe entre el lenguaje humano y la cultura. Sólo los humanos combinamos, desarrollamos, acumulamos y transmitimos conocimientos de una generación a otra.

Por otro lado, y está estrechamente relacionado con lo anterior, la comunicación animal es instintiva e innata, mientras que el lenguaje humano no lo es. Si el lenguaje no se aprende o desarrolla con ayuda de otro ser humano, no será.

En la próxima entrega seguiremos exprimiendo la realidad intelectiva para saber más de la racionalidad del homo sapiens y de su lenguaje, en suma: de la naturaleza humana.

Continuará...